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Más allá del horror

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Era imposible que no se filtraran imágenes y videos de los amotinamientos simultáneos del martes en las cárceles de Guayaquil, Latacunga y Turi (Cuenca): con 79 víctimas mortales y una crueldad sin precedentes, el morbo se tomó las redes, los grupos de Whatsapp y las conversaciones: personas degolladas, motosierras, decapitaciones, un pabellón entero masacrado en Turi. De todas maneras, no era necesario ver las imágenes para registrar su gravedad: los testimonios —incluso la incapacidad para describir los acontecimientos— y la desesperación de testigos cercanos, familiares de las víctimas y personal carcelario registraron el trauma tan inverosímil e impensable que vivió el país. También alertan de la capacidad, organización y absoluta crueldad del crimen organizado en Ecuador. 
Los amotinamientos fueron la culminación de conflictos violentos que desde hace años advertían de disputas entre distintas organizaciones delictivas. En 2019 hubo 32 muertes violentas dentro del sistema carcelario y, en 2020, 37, aunque nunca antes de forma tan coordinada y masiva como esta vez. La muerte de alias Rasquiña exlíder del grupo Los Choneros más recientemente había dejado un vacío de liderazgo. Y es un secreto a voces: las cárceles, aunque se les llame con rimbombancia y corrección política “Centros de Rehabilitación”, han estado abandonadas a la suerte de mafias que, como evidenciaron los motines, tienen la capacidad de comunicarse y coordinar acciones con redes en otros recintos, de meter armas y de utilizar teléfonos, cámaras y otros dispositivos. Son caldos de cultivo para el crimen, como ha denunciado tantas veces Elsie Monge, de la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos: 39 mil presos en un sistema diseñado para 29 mil, condenados al hacinamiento, el abuso físico y sexual, condiciones de salud e higiénicas deplorables y sin recursos, (el cuerpo de Agentes de Seguridad Penitenciaria tiene un déficit de 70 %).
Pero todo eso se queda en lo abstracto. Ni así se pudo predecir cuán sangrienta sería la matanza de ayer. En la rueda de prensa que organizó Edmundo Moncayo, director general de la @SNAI_Ec, hasta él se mostró visiblemente afectado y sorprendido. No era para menos. Por un lado arden las cifras de 79 muertes (37 en Guayas, 8 en Cotopaxi y en Azuay 34). Por otro las formas que tomó la violencia, registradas por los videos e imágenes filtradas y por desgarradores testimonios de gente que estuvo cerca de los recintos penitenciarios. Una de las entrevistas más impactantes, de radio 96.1, está grabada con celular en Turi, y muestra a la testigo solo de la boca para abajo mirando de lado a lado, ansiosa, impactada. “Hoy en la mañana hubo un amotinamiento, toda la cárcel se fue contra el pabellón y la policía no hizo nada.” La mujer cuyo nombre no es identificado tiembla. “Fue horrible y nunca en la vida he escuchado algo así”, dice con la voz entrecortada. “Me imagino la impotencia de los familiares que rogaron y suplicaron que la policía entre y no hicieron nada”. Y así, por casi 24 horas sin control policial ni información oficial sobre la identidad de los muertos, los familiares de los reos, desesperados, llorando y dando vueltas a las afueras de los recintos, sólo recibían noticias de los videos filtrados de “personas en el piso, muertas” o cadáveres amontonados y en fuego. 
Las descripciones son aberrantes: un pabellón entero eliminado. Según el testimonio se pedía que se cortara la luz para impedir el uso de las motosierras, que recuerda a los métodos más sangrientos de tortura y asesinato de carteles mexicanos como el de Sinaloa que según expedientes judiciales del Chapo Guzmán, también incluye degollamientos en pedazos, y metódicas torturas con mutilación. Son imágenes que parecían lejanas, ya no solo del caos y la violencia salvaje, sino de la intención organizada y desalmada para matar y torturar. Pero, mientras el gobierno insiste, de a poco, haber recuperado el control de las cárceles, las bandas se muestran como amos y señores: La banda Los Choneros, una de las involucradas en la violencia, grabó un video acusando a otra banda, Los Lobos de ser la causante de la violencia, mientras que Nueva Generación, desde la Penitenciaría del Litoral, amenazó de muerte al Coronel Jácome, quien poco después renunció a su cargo como subdirector de Rehabilitación de la SNAI. Así, las amenazas también retrataron un estado de sitio nuevo: un pasquín repartido y dejado en las entradas de TC Televisión, algunas de estas bandas pidieron “muerte o muerte” para algunos nombres y, sobre Jácome, dijeron que sin su renuncia habría masacres en las calles de Guayaquil y Ecuador. 
Esta era guerra avisada. Sin embargo, el tipo de violencia que se desató rebasó cualquier predicción o análisis. Fue un mensaje con sangre de la impotencia del Estado y de la capacidad de estas bandas de masacrar, amenazar y condicionar. Era lo que faltaba: la violencia más descarnada, casi como de ficción, desangrando en horas la débil institucionalidad nacional.

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Matan a cualquier hora del día, autoridades les importa un “pepino”

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