Arte

De falsificador a artista de Dios

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Si Johnny Manrique se subiera a un bus de transporte urbano en la zona del Florón, La Piñonada o San Alejo, en Portoviejo, más de un usuario, de seguro, intentaría bajarse al vuelo o, por lo menos, poner a buen recaudo sus pertenencias so pena de arriesgarse a perderlo todo, incluso la vida.

Su aspecto, en verdad, conspira contra él adonde quiera que va: mirada hoscahuidiza, y un cuerpo en el que falta espacio para los tatuajes; hay mariposas, escorpiones, nombres de mujer, rosas y frases bíblicas, de entre las cuales destaca una en el lado izquierdo del cuello, exactamente sobre la yugular que se expande cuando habla: Jehová es mi pastor.

A Johnny nadie lo conoce por Johnny ni mucho menos por Manrique; a él lo conocen, en el bajo mundo y donde sea, como ‘El pincel de Cristo’ y así, con ese nombre, ha recorrido el país queriendo demostrar que su pasado de sangre y “plomo porque sí y plomo porque no” tiene poco que ver con el artista renovado que es ahora.

“Ya tengo 31 años, pero desde peladito me gustó dibujar. Lo hacía viendo a mi hermana, cuando le mandaban deberes de la escuela o el colegio”, cuenta Johnny con ese dejo de quienes aprendieron a hablar así para que todos le tuvieran miedo.

Pasó por el colegio más rápido que un ladrón que ha arranchado una cadena de oro y pronto se vio en la calle, rodeado de gente de baja calaña, en la zona de Andrés de Vera, en donde la vida puede caducar violentamente a cualquier hora, sin permiso de nadie.

Sin miedo a nada y con el diablo como fiel aliado -muchas veces se encomendaba a él para que todo le saliera a pedir de boca- jovencito se fue a Ambato a darle mal uso a sus habilidades manuales, pues por allá anduvo falsificando firmas -“me salían igualitas”- para facilitar el cobro de dinero ajeno y mal habido. Un artista al servicio del hampa, inspirado por el mal.

F.Extra

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